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miércoles, 21 de mayo de 2014

La gestión de la identidad urbana


“¿Qué distingue a unas ciudades de otras?, ¿Qué hace que unas sean mortecinas y otras alegres? ¿Qué hace que unas sean salvajes y efervescentes mientras que otras son sobrias y sofisticadas? La edad, la geografía y la historia, (…) la relación con el interior del país, la variación demográfica, y también otros factores misteriosos e inexplicables” 1 A través de los años, la concepción de la valoración del patrimonio ha evolucionado hasta poder afirmar que hoy en día, la sociedad ha comenzado a comprender el valor social de los bienes culturales –en todas sus representaciones- como parte importante en la construcción y el fortalecimiento de la identidad de una comunidad.

Sin embargo, y como lo señala la arquitecta Silvia Fajre en su artículo sobre Patrimonio Cultural e Identidad Urbana del gobierno de Buenos Aires; existe  una faceta  poco profundizada: el valor económico y el potencial de los bienes de valor patrimonial como dinamizador de recursos, generador de empleo y como desarrollo económico. Bajo una perspectiva de utilizar el patrimonio como clave importante para preservar la identidad frente a la globalización -ya que este constituye un capital generado por el conjunto de la sociedad-, es vital no solo su protección sino también su incorporación en la totalidad de los aspectos referentes al desarrollo social y económico de una sociedad.

Por lo tanto, estamos hablando de una gestión de la identidad a través de la capacidad de potenciar los valores del patrimonio, en sus distintas escalas y de manera sustentable, ya que como cualquier recurso, su degradación o pérdida implica un  alto  riesgo social y económico. “La conservación, preservación, y sustentabilidad de  la oferta patrimonial, incrementa el capital social manteniendo la identidad y la memoria colectiva  a  nivel  local, optimizando las relaciones internas del tejido social  al mismo tiempo que  es generador de ocupación laboral y riqueza”. 2 Es difícil pensar que un factor tan clave para el desarrollo de la ciudad, no haya estado presente en las agendas políticas durante los últimos años. Lo cierto, es que tal retraso ha significado una política errada y una gran dispersión de esfuerzos, evidenciados en el resultado de programas aislados y difícilmente continuados por las diferentes gestiones, precisamente por la confusión de los aspectos puntuales.


Un desafío del planeamiento urbano es promover acciones orientadas a la gestión del carácter cultural de las ciudades, estableciendo los procesos de transformación de sus diversas estructuras espaciales y sociales; especialmente si se tratan de transformaciones precipitadas como las impulsadas por los cambios radicales de la economía o la política. En este contexto, se hace necesario el desarrollo de ámbitos de gestión, capaces de procesar esta dinámica de cambios y de contar con instancias autónomas y competentes, como el único camino para lograr la sostenibilidad del patrimonio urbano.

De la experiencia internacional se obtiene que especialmente en las últimas dos décadas, una gran cantidad de nuevos instrumentos de gestión se han utilizado para multiplicar las formas de viabilizar la recuperación urbana, especialmente en lo referente a la captación de recursos privados y a la creación de mecanismos de compensación o estímulo a los propietarios de inmuebles declarados de interés patrimonial. 3 Además, otro factor que nos hace comprender la necesidad de unificar todas las variables necesarias para lograr la vitalidad, es el concepto del valor patrimonial de  áreas protegidas y no  sólo de edificios de valor. Por lo tanto, el conjunto de  los componentes del binomio vitalidad/soporte es  el que  debe  ser considerado por  la actividad pública de manera que  las políticas destinadas a  la conservación y revitalización de  áreas históricas, se realicen en forma conjunta con la actividad privada. Para ello es que desde el gobierno existe la necesidad de una política de gestión compartida con numerosas instituciones y organizaciones, así como con el ciudadano y sus actividades productivas.

En ese sentido, el recurso de la identidad es un factor que incide en todos los niveles de la dinámica social y económica de una sociedad y la importancia de su gestión habla de una planificación sostenida en el tiempo. Un recurso patrimonial acompañado de una gestión cultural interactiva, se presenta al mercado como oferta cultural mediante un camino de promoción y comercialización 4; y como la gestión de la identidad implica trabajar para lograr -o reforzar- una identificación profunda de los ciudadanos con su ciudad, con sus organizaciones y con los productos y servicios de la misma, también forma parte de todo sistema de definición del posicionamiento de la ciudad y de la gestión de su promoción exterior.


© Liz Sheppard


Citas:
1. Gunther, J (1974).
2. Fajre, Silvia. "Patrimonio cultural e identidad urbana -una gestión compartida para el desarrollo económico"-. pp 1-5.
3. PUC, Chile, (2009). Seminario "Gestión del Patrimonio Urbano" p. 6: de los criterios de evaluación del patrimonio y la experiencia internacional.
4. Fajre, Silvia. "Patrimonio cultural e identidad urbana -una gestión compartida para el desarrollo económico"-. pp 1-5.

jueves, 14 de noviembre de 2013

El rol del Centro Histórico


Aunque el término "Centro Histórico" ha ido evolucionando en las últimas décadas y se ha teorizado profundamente sobre el tema, lo cierto es que la gran problemática y el debate, sigue latente: el Centro Histórico frente al Centro Urbano. Se entiende que el inevitable proceso de la ciudad y su propiedad de crecimiento y expansión ha contribuido al abandono del Centro Histórico y al perder la centralidad característica de este último frente a estos nuevos espacios exitosos, va dejando de ser centro y pasa a ser sólo un espacio histórico, mientras la centralidad de la ciudad se va asentando en la nueve sede de la ciudad: el Centro Urbano. Este inevitable proceso, agrega una singularidad a la experiencia de los Centro Históricos en América Latina, y es que van quedando en la ciudad como restos de un pasado que se rehúsa a morir. 

Estos museos fantasmas al perder su centralidad, quedan relegados a servir de espacio administrativo y religioso de carácter simbólico, perdiendo competitividad en el comercio y tugurizándose sus antiguos edificios. Estas contradicciones del espacio, entre pobreza económica y riqueza histórico-cultural de la centralidad, acrecientan el interés por el estudio de los Centros Históricos en esta parte del mundo. También los procesos de preservación y desarrollo, la revolución científica y tecnológica en el campo de las comunicaciones y el proceso de globalización, enmarcan el nuevo horizonte que conduce a los Centros Históricos al dilema actual: ¿ser memoria o protagonista de la ciudad?

Ya Fernando Carrión ha señalado la importancia de los Centros Históricos respecto a su “…posibilidad de preservar y potenciar la memoria para generar sentidos de identidad por función y pertenencia, y de convertirse en plataforma de innovación del conjunto de la ciudad”.1  Estos sentidos de identidad, constituyen parte importante de nuestra formación como integrantes de una colectividad. Sin embargo, más allá de la importancia de reafirmar estos sentidos de identidad, Carrión identifica en el Centro Histórico un rol indispensable para el desarrollo de la ciudad y resalta la responsabilidad de plataforma de innovación para con el resto de la ciudad, teniendo características de estancamiento. Señala además, que en el  contexto histórico actual, “…los  centros  históricos  se convierten  en los  lugares  privilegiados  de producción de memoria, (…) en  ese  sentido  el centro histórico se convierte  en  un  símbolo  más de  la  resistencia  identitaria  local  y, además,  en una  plataforma  de  innovación de  la ciudad toda,  dado que  es  el  espacio  público estructurante  que  más  cambia en  la ciudad y, por  esa razón,  el que  más  tiempo  acumula  (valor de  historia).”2 De esa forma se entiende que el trabajo en el Centro Histórico debe partir del objetivo de convertirlo en la principal fuente de atracción, bajo sentidos de especialización e innovación en la era de la globalización. 

En épocas anteriores y no muy lejanas, en la gestión del Centro Histórico ha apremiado el interés por reducir o remendar ciertos problemas puntuales como temas específicos de vulnerabilidad, vialidad o manejo de nuevas demandas. Esta visión focalizada ha generado el desarrollo de proyectos urbanos aislados, orientados a resolver problemas en situaciones de emergencia y probablemente, esta conducta es la que ha dejado sumido el verdadero rol del Centro Histórico en la más completa ignorancia.

Es bajo una perspectiva de innovación que surge la necesidad de trabajar la intervención en el Centro Histórico como un Gran Proyecto Urbano (GPU) 3, el cual lejos de fomentar propuestas exclusivas y aisladas, trabaja el tema de Centros Históricos desde la integración de ejes, entendiéndose que la crisis urbana se solventará si se trabaja desde los centros históricos, porque el actuar sobre ellos requiere pensar en el concepto, esencia y desarrollo global de la ciudad. Además, la intervención adquiere un compromiso atemporal en la construcción de una afirmación de la memoria de un grupo humano, por lo tanto es vital entender que inevitablemente el intervenir el objeto alterará no solo la imagen urbana de la ciudad -para bien o para mal- sino tan importante como eso, el estado de conservación de una parte de la historia de un grupo de individuos en un tiempo subjetivo. De allí que se requiera de un organismo público que institucionalice este carácter cívico –representativo-, que impulse su condición de GPU –legitimidad- y que rinda cuentas de sus actos –transparencia-; y así como “…no hay ciudades sin ciudadanía, no existe ciudadanía sin Estado; por tanto, en cualquier propuesta sobre el centro histórico tiene que estar presente esta tríada indisoluble: ciudadanía, ciudad y Estado”.4

Por lo tanto, la buena gestión del poder del Estado en los proyectos de intervención es un punto clave en las fallas o aciertos del GPU, porque entendemos que el  Estado es el único capaz de concebir propuestas de regeneración urbana en los centros históricos, entre otras cosas, porque es el único miembro que tiene la capacidad administrativa de hacerlo.  En este sentido, uno de los principales problemas en las gestiones que dirigen proyectos urbanos en los Centros Históricos es la escasez de preparación o de compromiso efectivo para con la ciudad. Sin caer en clichés innecesarios, podemos resaltar que la buena gestión de una ciudad determinará su desarrollo o estancamiento y caída, y para esto la ciudad depende únicamente de las personas dotadas de poder para la toma de decisiones.

Dentro de los proyectos gestionados para Centros Históricos, muchas veces se considera que por tener características similares entre países o incluso entre ciudades, las soluciones pueden ser las mismas, tratando de unificar un solo camino de actuación. Los Centros Históricos de América Latina, si bien por lo general han sufrido un proceso bastante similar en su dinámica de cambios formales, dado que “…las propuestas teóricas de la arquitectura y el urbanismo irradiaban desde un mismo origen la realidad socio histórica resultante…”,5 la realidad es que existen singularidades a diversas escalas que son las que componen la riqueza y multiculturalidad del continente. Por lo tanto, sus actores sociales son sensiblemente diferentes, es por ello que resulta difícil -sino imposible-, generalizar estas propuestas.

Por lo tanto, el Centro Histórico es más que un lugar de memorias estancadas. Además de la importancia de su conservación para mantener vigente la identidad de una nación y su afirmación como colectividad, el rol que cumple el Centro Histórico en la era de la globalización es fundamental para garantizar el desarrollo o estancamiento de una ciudad. Entendemos además, que del resultado de la simbiosis entre ciudadanía y estado depende el éxito del Centro Histórico para convertirse en plataforma de innovación para con el resto de la ciudad. Por  eso es  importante tener  un sujeto  social con  voluntad consciente y es fundamental la  construcción de  un  gobierno único  de carácter  público  -transparente,  legítimo  y  representativo-  que  sea capaz  de enfrentar  este reto.  Por ese  motivo -y citando una vez más a Fernando Carrión-, más que una realidad, el Centro Histórico puede ser considerado un proyecto y objeto de deseo.6

     Foto 1: Centro Histórico de La Habana Vieja, Cuba.


  Foto 2: Centro Histórico de Curitiba, Brasil.

      Foto 3: Centro Histórico de Quito, Ecuador.

Citas:
1. CARRIÓN, Fernando (2005). "Centro Histórico como proyecto y objeto de deseo". EURE (Santiago) [online], vol. 31, n. 93, pp. 89-100.
2. Idem. pp 89-100.
3. Idem. pp 89-100.
4. Idem. pp 89-100.
5. CARABALLO, Ciro (2000). "Centros Históricos y turismo en Latinoamérica: Una polémica de fin de siglo". FLACSO, Ecuador. "Desarrollo cultura y gestión en Centros Históricos". pp. 105-120.
6. CARRIÓN, Fernando (2005). "Centro Histórico como proyecto y objeto de deseo". EURE (Santiago) [online], vol. 31, n. 93, pp. 89-100.

sábado, 31 de agosto de 2013

El derecho a la ciudad


Entre los intereses intelectuales del filósofo Henri Lefebvre, quien aportó como crítico-teórico principalmente con sus análisis sobre la modernidad y la vida cotidiana; se encontraron los problemas de urbanización y territorio, presentando a la ciudad como el corazón de la insurrección estética contra lo cotidiano.1 Para él, el ser humano tiene necesidades sociales antropológicas que no son tomadas en cuenta en los estudios y reflexiones teóricas sobre la ciudad, particularmente en el urbanismo; pues considera que este se encuentra separado de la reflexión teórica refugiándose en lo pragmático. Según Lefebvre, la necesidad de lo imaginario es olvidada por el urbanismo y frente a los problemas urbanos, formula particularmente la necesidad de la afirmación de un nuevo derecho: el derecho a la ciudad.


Para Lefebvre el derecho a la ciudad se  manifiesta como una forma superior de todos los derechos. Esto implica nociones como el derecho a la libertad, a la individualización en la socialización, al hábitat y al habitar. Asimismo, complementa la idea implantando el concepto de derecho a la obra -como actividad participante- y el derecho a la apropiación. Afirma también, que el derecho a la ciudad es uno de los derechos en formación de la sociedad urbana, el cual comienza sobre las ruinas de la ciudad antigua (Lefebvre 1978).2

Entre los principales derechos sugeridos por Lefebvre están: el derecho al trabajo, a la instrucción, a la educación, a la salud, al alojamiento, al ocio y a la vida.  El derecho a la ciudad, sin embargo se constituye no como derecho a la ciudad antigua sino a la vida urbana,  a la centralidad renovada, a los lugares de encuentro y cambios, a los ritmos de vida y empleos del tiempo que permiten el uso pleno y entero de estos momentos y lugares, en resumen el derecho a la ciudad es el derecho de habitar y vivir la ciudad en su totalidad, ya que “todos tenemos el derecho de poder vivir la ciudad, de hacer uso del  espacio. La vida  urbana supone encuentros, confrontaciones de diferencias, conocimiento y reconocimientos  recíprocos, maneras  de  vivir y patrones  que coexisten  en  la ciudad”. 3

Por otro lado -complementando la idea-, Borja sostiene que los valores  relacionados  a  la ciudad tales como: la libertad, cohesión social, protección y desarrollo de los derechos individuales, de expresión y  construcción de identidades, de democracia participativa y de igualdad entre los habitantes;  dependen  principalmente  del  estatuto  de ciudadanía,  sin  embargo  esta  debe  ser  más  que  un simple reconocimiento formal. Para ello los habitantes deben ejercer activamente su rol activo dentro de la ciudad y tener un pleno reconocimiento de estos derechos; por lo tanto el derecho a la ciudad, está sujeto a la forma en la que funciona la ciudad, ya que esta debe ser un espacio público tanto en un sentido físico como en sentido político y cultural. “(…) Y también de que la ciudad funcione realmente como espacio público en  un  sentido  físico  (centralidades,  movilidad  y accesibilidad  socializada,  zonas  social  y  funcionalmente diversificadas, lugares con atributos o significantes) y en un sentido  político y cultural (expresión y representación colectiva, identidad, cohesión social e integración ciudadana)”.4

En ese sentido, podemos destacar la importancia del espacio público como una condición básica para el ejercicio de la ciudadanía;  en consecuencia el  derecho  al  espacio  público  de  calidad, es  un  derecho fundamental para la sociedad.


LA CIUDAD VIVA _aldo van eyck_500x500 - STEPIENYBARNO

    © Playgrounds de Aldo Van Eyck


Citas:
1. LEFEBVRE, Henry. (1978).
2. LEFEBVRE, Henry. (1978).
3. LEFEBVRE, Henry. (1978).
4. BORJA. (2003: 22).

jueves, 10 de enero de 2013

Centro histórico e identidad urbana

Definir identidad hace inevitable demandar el término de memoria. Esta última es la razón de ser de la otra, por lo tanto con las representaciones sociales, individuales o colectivas del pasado, se afirma o desaparece una identidad. La memoria es el principal nutriente de la identidad, 1 tal como afirma el antropólogo Joel Candau.Durkheim por su parte, define la memoria como la ideación del pasado, en contraposición a la conciencia –ideación del presente– y a la imaginación  prospectiva  o  utópica  –ideación  del  futuro,  del  porvenir-.2 En ese sentido, la memoria no se limita a registrar o reproducir el pasado de una manera mecanizada, sino que realiza un trabajo de selección, reconstrucción y a veces hasta de idealización de un pasado, siendo no solo representación sino también construcción.


Así como la identidad, la memoria también puede ser individual o colectiva. Ambas dentro de sus categorías presentan particularidades y diferencias; la memoria colectiva es la memoria de un grupo, pero entendiendo que es una memoria conectada entre los miembros del grupo. Existirá entonces una relación entre los dos tipos de memoria, ya que toda persona -memoria individual- se mueve, expresa y relaciona de acuerdo a los términos que le proporciona su cultura -memoria colectiva-. La memoria colectiva se aprende mediante procesos sociales a los que llamamos tradición, lo cual no es más que una muestra de la memoria que se va reafirmando y comunicando de generación en generación. Para garantizar su prevalencia, esta necesitará ser reactivada, pues por su carácter de memoria, corre el peligro de desaparecer con el tiempo, es por eso que las tradiciones se mantienen como tales, gracias al papel de las conmemoraciones y otras celebraciones que constituyen, una memoria colectiva en acción.3

A primera vista, la supervivencia de las sociedades se puede definir mediante la conservación de estos objetos o prácticas. El patrimonio entonces es una puerta más al pasado y conservarlo se entiende como la mejor forma de conservar nuestro pasado –identidad- para poder usarlo en el futuro. Esta lectura de la ciudad parece ser entendida bajo una postura puramente teórica, casi poética pues el lenguaje sentimental es el único medio con el que se puede entender los niveles de relación de pertenencia de los seres con el entorno edificado. Como define el doctor en humanidades Alejandro Araujo: “…la conservación de los recuerdos es una práctica entendida directamente desde imaginarios concretos que definen cómo es usado el pasado por cada sociedad o en forma más compleja, cuál es la experiencia de la temporalidad de cada sociedad”.4

Por lo tanto, las sociedades guardan en su génesis la clave de utilización del pasado. Sin embargo, y como afirman los historiadores (Nora, 1984:I:XV-XLII, Candau, 1998:127), no se debe confundir memoria con historia urbana, ya que “…la transmisión histórica difiere radicalmente de la transmisión memorial (…). Porque si bien es cierto que tanto la historia como la memoria son representaciones del pasado, la primera tiende a objetivarlo manteniéndolo a la distancia, mientras que la última tiende a fusionarse con él integrándolo a las estrategias identitarias”.5

Entendemos así que las representaciones que conforman el presente, fueron selecciones realizadas en su momento por presentes que  hoy conforman nuestro pasado. Ellos decidieron conservar un edificio, una plaza, una iglesia; porque veían en estos objetos parte del legado que dicho presente, quería dejarle al futuro. Bajo este razonamiento, un conjunto importante de monumentos, objetos y edificios, se decidió conservar para estimular y consolidar un espíritu de identidad nacional para diseñar la comunidad imaginada.

Los  antropólogos además, suelen  hacer  una  distinción  entre  memorias  fuertes  y memorias débiles. Según Candau, una memoria fuerte es una memoria masiva, coherente, compacta y profunda que se impone a la gran mayoría de  los  miembros  de  un  grupo,  cualquiera  sea  su  dimensión  o  su  talla.6 Se puede resaltar que este tipo de memoria genera identidades igualmente fuertes, estas suelen ser por ejemplo; la memoria religiosa de las iglesias y de las creencias, la memoria étnica, la memoria genealógica y otras más. La memoria débil es por el contrario, una memoria sin contornos bien definidos, difusa y superficial que difícilmente es compartida por un conjunto de individuos, cuya identidad -precisamente por ello-, resulta débil. Es justamente este tipo de memorias las que encontramos en la urbe, las cuales por ser tan débiles casi no se transmiten y su lectura es sumamente borrosa, sin embargo son las que definen la capacidad de relación de pertenencia de los habitantes con el espacio urbano. En ese sentido, no esperamos encontrar en la ciudad memorias colectivas fuertemente integradas, unificadoras y ampliamente compartidas, sino sólo memorias fragmentadas y precarias. Como observa Bourdieu, la pluralidad de las memorias es el corolario de una pluralidad de mundos sociales y de una pluralidad de tiempos, y es precisamente esto lo que encontramos en el espacio urbano. 7

Finalmente, la memoria e identidad son valores subjetivos, los distintos actores que intervienen en la ciudad tendrán diferentes percepciones, prioridades o valoraciones de acuerdo a sus respectivos intereses. Tratándose de valores intangibles, no cuantificables ¿es posible medir la identidad de un lugar? A simple vista pareciera tratarse de un asunto sumamente espiritual, pero la importancia de determinar cuáles son los valores de identidad de un lugar va más allá de obtener datos cuantificables, se trata de entender los sentidos materializados por la gente que lo habita, lo cual se localiza en la profundidad de un orden simbólico interiorizado y significa la imposición de la capacidad de simbolización de los pobladores frente a la presunta concepción de una ciudad por sus diseñadores o sus más neutros parámetros de referencia.


  © Sabor y Control. INTERNET/Medios.


Citas:  
   1. CANDAU, Joel, (1998). “Mémoire et identité, París, Presses Universitaires de France.”
2. DURKHEIM, Emile. (1953) “Sociologie et Philosophie, París, Presses Universitaires de France”
3. GIMENEZ, Gilberto. (2005) “Memorias, relatos e identidades urbanas”. p. 200.
4. ARAUJO, Alejandro. (2008) op. cit. “De los imaginarios a las prácticas. La conservación de los centros históricos: tensión y complejidad social”. Revista de Historia Internacional, CIDE, No. 35.
5. GIMENEZ, Gilberto. (2005) “Memorias, relatos e identidades urbanas”. p. 198.
6. CANDAU, Joel. (1998) op. cit. p. 
7. GIMENEZ, Gilberto. (2005) “Memorias, relatos e identidades urbanas”. p. 201.op. cit. Bourdieu, Pierre, 1997.


     


miércoles, 9 de enero de 2013

La ciudad como arte

La ciudad ah sido desde siempre el lugar proyectado. Cada individuo lleva consigo cualidades que lo diferencian, capacidades distintas de entender el entorno- lo pasado, lo presente- y por cierto lo futuro. Partiendo por aquí, la ciudad es la proyección de una mixtura de ideas; de modo que al acercarnos a la ciudad, no lo hacemos solo a su infraestructura física, si no que lo hacemos también hacia un conjunto de imaginarios personales y colectivos, a costumbres y visiones de afuera.

Por lo tanto, el estudio del comportamiento de la ciudad, no puede limitarse a una simple revisión de los elementos físicos como planos, mapas, fotos, audiovisuales y lo que usamos como instrumentos de urbanismo. La ciudad entendida, por ejemplo, desde la analogía del cuerpo  humano, es una unidad que está conformada tanto de elementos físicos como sentimentales-espirituales. El cuerpo humano, además de los órganos que lo conforman -lo físico- se vale de los sentidos -lo intangible- para completar la figura humana, es así que huele, sabe, mira, oye y se hace oír. Para obtener el estudio completo del estado real de un individuo no alcanza con una radiografía. La introducción de elementos del arte es fundamental en esta etapa, elementos que nos permitan entender la parte emocional, la intangible. 

Del mismo modo sucede con el estudio de las ciudades; la literatura, la psicología, la sociología son sólo algunas disciplinas que nos ayudan a introducir el concepto en esta nueva forma de comprender la ciudad. En este contexto, el ciudadano tiene el papel principal. Una ciudad no existe si no es percibida, esto a su vez nos expulsa a un inventor, aquel que tiene la capacidad de crearla y recrearla en su mente para hacer posible su existencia. Sin personas no existirían ciudades. En este contexto encontraremos en el individuo un personaje indispensable en el acercamiento al estudio de la ciudad.




Aspectos metodológicos:
Al hablar de ciudades, hablamos de pensamientos, de utopías, de sueños, de miedo y sensaciones, de cosas invisibles. Armando Silva, habla de la metáfora como recurso literario que se interpone a un entendimiento urbano. La metáfora nos ayudará a ver desde un punto de vista individual, una serie de problemas comunes o colectivos, dándole  un especial enfoque según la mirada personal. 

La metáfora se propone también para entender los problemas generales del mundo de hoy; su pasado y su presente, girando la mirada hacia algo más profundo y real, lo que se convierte en valiosa información al estudiar una ciudad sumergida en ese mundo. Entonces, el uso de elementos del arte es fundamental en este proceso. Las percepciones, los comportamientos, todo el carácter que forma una ciudad, necesitará de elementos psicológicos y sociales, porque después de todo la ciudad es un cúmulo de sensaciones, es arte y es real. Es en ésta parte donde aparecen los elementos propuestos como miradas reales ante problemas reales.